viernes, 25 de agosto de 2017

F. Nietzsche, La gaya ciencia, aforismo 69, “Las mujeres y su acción a distancia”.


El perfil de los perros

“¿Sigo teniendo oídos? ¿Soy oídos y nada más? En medio del ardor de la resaca marina cuyo oleaje espumoso y llameante salta hasta mis pies, sólo me llegan aullidos, amenazas, gritos estridentes [...]. Entonces, como surgido de la nada, en las puertas de este laberinto informal, a sólo unas brazas de distancia, aparece un gran velero que pasa como un fantasma deslizándose en silencio. ¡Oh, fantasmal belleza! ¡Qué encanto ejerce sobre mí! ¿Llevará ese esquife todo el reposo taciturno del mundo? ¿Mi propia felicidad, mi yo más dichoso, mi segundo yo eternizado, no se habrá asentado ahí, en ese lugar tranquilo, no muerto aún, pero ya no con vida, deslizándose y flotando, ser intermedio, espectral, silencioso y visionario, semejante al navío que con sus velas blancas se cierne sobre el mar como una mariposa gigantesca? ¡Ah! ¡Volar por encima de la existencia! [...].
Cuando un hombre es presa de su propio tumulto, se encuentra en medio de la resaca de sus impulsos y proyectos; sin duda que entonces ve ante él deslizarse también a unos seres encantadores y silenciosos, cuya felicidad y retiro envidia... Esos seres son las mujeres. Les encanta creer a ellos que allí, entre las mujeres, tal vez habite lo mejor de su yo: que en esos lugares tranquilos hasta el más violento tumulto se serenaría en un silencio de muerte, y que la vida se convertiría en el sueño mismo de la vida”.
F. Nietzsche, La gaya ciencia, aforismo 69, “Las mujeres y su acción a distancia”.
Mi lobo.
Sujetas mis manos
detrás de nubes negras,
espesas de odios,
rencores
y vacíos eternos convertidos
en vapores desconocidos.

Muerdes mis senos
y te comes sus pezones.
Dejas mi pelo al viento
y mi cuerpo desnudo.
Los ojos de sueños
y la sonrisa plácida.
Ventanas abiertas al infinito.
Muros de rejas por donde observas,
ávido,
ciudades infectas,
escondidas de todos
los mares.
Viajes por mundos abiertos,
sólo nuestros.

Amas a luna tu perra,
pronto loba,
y la deseas.
Te revuelcas en tus dientes y saliva.
Te relames con tu gran lengua suave
que se convierte en fuego que nace
de mi útero hambriento,
hambriento de vida,
sediento de sangre valiente.
Ven amo.
Ven a tu dueña.
A tu perra.
A tu hembra.
Devora esa carne manchada.
Raspa con tus uñas
la sal de la discordia
y cobíjate
en la nueva piel que creas.
Arrebata la conciencia marchita.
Habita mi alma.
No escapes de ella.
Aflora en mi vientre.

Sé mi hijo.

JULIA DE LA RÚA

viernes, 16 de junio de 2017

F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, aforismo 232..¿ Qué destino le espera a la mujer del siglo XXI ?


¡Cállate la boca!
Siempre había escuchado
¡Cierra la boca!
¡Cállate!
ssssssssssssssssssss
Pero
¡Cállate la boca!
 jamás.
Aquel día vi a una boca mujer caminar a cuatro patas en busca de su bozal. Su amo la amedrentó de tal forma que ella misma se colocó un bozal que no sólo le cubría la boca, sino toda la cabeza.


“Fue preocupación y solicitud del varón por la mujer el hecho de que la Iglesia decretase mulier taceat in ecclesia! [¡que se calle la mujer en la Iglesia!]. Fue en provecho de la mujer por lo que Napoléon dio a entender a la demasiado locuaz Madame de Staël mulier taceat in politicis! [¡que se calle la mujer en la política!]. Y yo pienso que es un auténtico amigo de la mujer el que hoy les grite a las mujeres mulier taceat de muliere! [¡que se calle la mujer sobre las mujeres!]”.
F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, aforismo 232.


¡CALLATE LA BOCA!
Aquella boca callaba y la mujer sólo hacia las labores asignadas a su nombre, a su ser perra apaleada y despreciada por el peor de los tiranos, el soberbio y vacuo que teme el mordisco de su sierva.
Una escena del teatro humano que se representa incansablemente cada día. Esa escena de sometimiento al tirano, al ser abyecto que es capaz de convertir a una mujer en boca, en un agujero que únicamente es el engullir alimentos para defecarlos después.
¡CÁLLATE LA BOCA!


Un día, pasado el tiempo,
volví a escuchar
¡Cállate la boca!
¿Iba esta vez dirigido a mí?
¿Eran mis oídos los que escuchaban?
“¿Sigo teniendo oídos?
¿Soy oídos y nada más?”.
Oteé el espacio.
Agucé mi olfato.
Olisqueé cada esencia
que salía de esa orden.
Estiré mis orejas.
Perpleja.
Y la esperanza de ser
otra
se esfumó
al sentir un gran estirón del amo
que me ataba con el cordel
de áspero esparto.
¿De repente mi boca tenía cuatro patas?

Boca. Boca. Boca.

¿La boca no sólo comía?
¿Hablaba?
¿Decía algo inteligente
que afectaba a la mediocridad del amo?
 ¿Ladraba?
¿Se quejaba de la tiranía impuesta?
¿Mordía? ¿Hacía saber de la existencia- femenina-primitiva a la cual pertenecía esa boca?

Ahhhh...

Se me hizo tan grande la boca

que ya no había labios finos
ni lengua rebosante de baba.
Sólo un arma
a la que el amo tenía miedo
y acallaba.

Una gran jauría de
bocas bocas bocas bocas bocas
fue por aquel tiempo mi destino.
Una jauría con bozales
tan humanos
que necesitaron
la destrucción de una palabra,
mujer,
¡para ser aniquilados!


No recuerdo cuándo me hice débil y servil al maltratador; y lo peor, no recuerdo cuándo le hice a él serlo.
De repente, estaba metida en un embudo tan estrecho que apenas ni existía. Sin embargo, era un gran océano cerrado, frío y perverso. ¿Por qué consentía aquella vida obscena y tiránica? ¿Quién o qué estaba a nuestro alrededor para no poder evitar que mi debilidad me hiciese ser la más estúpida de las mujeres?
¡Y la más banal! La mujer que permitía hacer del hombre al que amé un ser también servil a sus maltratos.

Después de la masacre, corría despavorida a mirarme al espejo. Un rostro abotagado, una mano que recorría los labios con ternura inusual, se reflejaba ante mí. La luz fría de esas malditas habitaciones que acogen los desperdicios del cuerpo también recogía el desperdicio de mi alma. Agazapada junto al pequeño plato de ducha, me convertía en un manojo de mujer que ha dejado de serlo para ser perra apaleada.
Pasaban las horas.
La fría cerámica del inodoro era un vaso de mocos y flemas. Qué pequeño era todo. Detrás de la puerta andaba en silencio el tirano-amo. Un televisor acogía su malditismo y su mano hacía un movimiento compulsivo para poder llevar a la boca las pipas de girasol que sonaban al ser machacadas por los dientes pétreos. Tragaba mecánicamente aquellos diminutos frutos de la tierra y del sol. Quizá llegaban al estómago o al cerebro. Qué elixir podía contener para que olvidara aquel maldito a su perra apaleada.
Yo seguía despavorida en el pequeño baño. Agazapada o erecta mirando al espejo que reflejaban aquellos ojos eternos de impotencia.
Horas —o minutos o vidas— después, se abría la puerta de aquel lugar sucio. Me arrastraba hasta la cama y caía derrumbada.

Volvía el tiempo en el futuro. Recomponía mi rostro en ese tiempo. Sonrisas y lágrimas compitiendo. Caminar de nuevo por calles ajenas donde buscar sinrazones o razones a mi propia cobardía.
El amo había desaparecido en busca de otra perra a la que doblegarse, humillarse, una perra igualmente maltratada aunque fuera penetrada de halagos y otros falos. Una perra, la otra.
El amo buscaba consuelo.

Después, un vacío, y, más tarde, sin mucha demora, mi cuerpo salía corriendo, despavorido, al pequeño baño donde buscar el rostro perdido. El amo había vuelto.

EL PERFIL DE LOS PERROS

domingo, 9 de abril de 2017

STELLA MANAUT " MUJERES INFIELES EN LA ERA FRANQUISTA"





MUJERES INFIELES
EN LA
ERA FRANQUISTA
Stella Manaut
 STELLA MANAUT – BREVE NOTA BIOGRÁFICA

Nace en Madrid en el seno de una familia de artistas. Tras sus estudios en el Liceo Francés de Madrid, pasó por las facultades de Filosofía y Sociología; también por la Escuela de Arte Dramático.

Protagonista de  muchas obras teatrales, algunas salidas de su propia pluma y como actriz secundaria en  tres películas, dos cortos y varias series de televisión.

Con su esposo, el concertista de guitarra Eugenio Gonzalo, ha recorrido gran parte del mundo en recitales de Guitarra y Poesía españolas.

Como dramaturga tiene registradas más de 50 obras, doce de ellas estrenadas. (ver web: stellamanaut.com)

También libros de relatos, de poesía, el último “Sátiras feministas”. Varias novelas, las últimas: “ Enamorada de un cura comunista”, “Mujeres infieles en la era franquista”.

Dirige en Valencia el Museo Manaut, dedicado a su padre José Manaut, alumno de Sorolla.


CONSIDERACIONES DE LA AUTORA

         Posiblemente habrá quien piense que la temática de esta novela está lejos de la realidad, además de ser un tanto atrevida. Sin embargo -y, usted perdone si su relación se mantiene intacta a través de los tiempos-, raras son las parejas en las que, al menos uno de sus miembros, no ha sucumbido a la tentación de un nuevo cuerpo.
         Hace unos años esos devaneos se consideraban normales en el hombre, intrínsecos a la naturaleza del género masculino, incluso dignos de aplauso, como si el tener una amante fuera algo así como un trofeo de caza. Hasta la propia esposa acababa muchas veces por justificarlos. Algunas, incluso, acunaban en su regazo el fruto de una relación extra-matrimonial del cónyuge.
         Hasta no hace tanto tiempo, también en nuestros “civilizados” países, la mujer adúltera (¡qué poquito me gusta esta palabra!) era condenada por la sociedad, humillada, encarcelada, apartada del núcleo familiar; de sus hijos. Hoy, ¡bendito sea!, las cosas son muy distintas. Ellas se han soltado el pelo, pero ellos, en muchos casos, no pueden soportar que su “santa” les sea infiel o bien no les soporte y quiera abandonarles y crear una nueva relación (ver el casi centenar de mujeres que caen en España, año tras año, bajo el cuchillo vengador). Me refiero, por supuesto, a lo que ocurre en Europa, en  los Estados Unidos y en alguna que otra zona -pocas- del Planeta Tierra. En infinidad de países se condena todavía con mayor saña el adulterio de la mujer, penando muchas veces a la pobre víctima con una muerte terrible a pesar, incluso, de haber sido violada.
         Actualmente, novelas y películas exponen el asunto de la infidelidad en la mujer como algo que puede ocurrir con frecuencia. Lo cierto es que las relaciones largas se hacen monótonas; que la pasión, en la mayor parte de los casos  -felices aquellos que consiguen mantenerla, que los hay- acaba difuminándose con el transcurrir de los tiempos y de las circunstancias (hijos, suegros, paro, caracteres enfrentados…). Luego, no es raro que, aunque la relación con la pareja siga siendo grata, se busque en un@ tercer@ el amor perdido.
         Al hablar de este tema no pretendo que se me tache de frívola. Por lógica, me refiero a un núcleo de población sin graves problemas de subsistencia. De existir éstos, se hace más difícil el juego del amor extra conyugal. Lo mismo ocurre si un miembro de la pareja cae gravemente enfermo. Para que la infidelidad “florezca”, las circunstancias, tanto físicas como económicas, han de ser propicias.
         Múltiples estudios al respecto muestran que el ser humano es básicamente polígamo; que lo de la fidelidad nos ha venido dado por imperativos sociales, por el deseo de unir familias poderosas. También, parte importante del manejo de nuestros sentimientos lo tiene la religión, sea la que sea, ensañándose siempre con la mujer.
         En esta novela he querido mostrar la situación de las féminas durante la dictadura franquista, además de dar forma a unas cuantas historias reales que las propias protagonistas me han confiado, siempre bajo la  promesa -cumplida-  de cambiar nombres, lugares y circunstancias. Como se podrá comprobar a medida que avance la lectura, hay varios denominadores comunes, no sólo por lo que a las reacciones de la mujer infiel se refiere, sino también por el carácter de la mayor parte de sus compañeros “legales”.
         Evidentemente, hay que situarse en la época a la que corresponden las historias donde, tanto ellas como ellos, recibieron una educación religiosa salpicada de tabúes e infiernos, con una influencia absolutamente negativa en el desarrollo de sus personalidades. Mujeres que se mantenían físicamente vírgenes hasta el matrimonio -que no mentalmente, pues el cerebro no sabe de convencionalismos sociales- y, en consecuencia, hombres que no tenían ocasión de conocer a fondo el cuerpo de sus compañeras, de igual a igual, pues tan sólo habían practicado el amor con prostitutas -benditas sean- pero que, por lógica de su “negocio” necesitaban -y necesitan- cambiar con rapidez de cliente. Por ello aquí encontraremos, con frecuencia, a hombres más o menos convencionales, por lo general con un buen trabajo, pero también por lo general, sin muchas inquietudes intelectuales, nada duchos en juegos sexuales y, en muchos casos, con eyaculación precoz. Un hombre que va de su casa a la oficina y que, aunque tenga que buscarse un trabajo extra, prefiere que la mujer se quede en casa. Él lo único que quiere es que todo esté en orden, la comida hecha, la ropa planchada y en su sitio, los niños estudiados y “echar un polvo” rápido -perdón por la expresión- los sábados a la hora de la siesta. Poco más.
         Entre las mujeres he visto también un comportamiento repetitivo, al margen de que se limiten o no a las tareas caseras. He observado, por ejemplo, reacciones que denotan una muy baja autoestima, fruto de tantos años de marginación. De ahí, el deseo de mostrarse perfectas ante sus amantes, prestarse a cocinar, limpiar, planchar… También se repite el hecho de que el azogue no les devuelve una imagen con la que se sientan bien; y sin embargo, a medida que pasa el tiempo y contemplan las fotografías de años pasados, comprenden que eran atractivas.
         Asimismo, puede apreciarse en varias de estas historias, que la mujer protagonista está llena de inquietudes que contrastan con la vida monótona de un marido al que se sigue queriendo, y mucho, a pesar de haberse sumergido en algún amor clandestino, pero del que no se puede soportar el menor roce cuando aparece un amante en el horizonte... Porque, como bien dice el refrán: “Lo cortés no quita lo valiente”.
         Usted, lector, podrá justificar o mandar al infierno a estas mujeres, pero la realidad es la realidad. Yo no he inventado nada; tan solo he adornado las historias. Quizá, en el futuro, escribiré otra novela dedicada a los hombres, aunque dudo que ellos se dejen hurgar en el fondo del corazón y de la conciencia.
         “¡Vive la liberté, l’égalité et la fraternité!”.
         Gracias a Dios o a quien sea, novelas como ésta pueden contar la verdad sin condenar a la “adúltera” a la hoguera de la vergüenza. ¡Abajo las Madame Bovary, las Ana Karenina  y las Regentas! Sus historias, basadas o no en personajes reales, siempre terminan fatal. Claro está que fueron escritas en el siglo XIX y por hombres…

ARAÑA EDITORIAL